viernes, 5 de abril de 2019

¿Cómo lo van a criticar a Messi?

Me duele cuando lo critican a Messi. 
¿Cómo van a criticar a alguien que fue partícipe de la hazaña de jugar tres finales? 

Estimado lector, si usted es de esos, estamos en veredas opuestas y le voy a decir porqué. 

Usted lo critica porque él hace lo que usted siempre quiso y no le sale, no puede.

Discúlpeme por ser tan crudo en el relato. Pero ni siquiera usted es un Messi en la oficina, o en el bar o en dónde quiera que trabaje. ¿O acaso usted me va a decir que es el rey del excel? ¿Está seguro de que sus compañeros corean su nombre en los almuerzos? Déjeme darle una respuesta acertada, no. Nadie le festeja nada. 

Sepa que a Messi si le festejan su sola presencia cuando entra a un estadio con 60 mil o 70 mil personas y entonces él saca a bailar a la pelotita. La lleva para acá, la lleva para allá, la esconde, la muestra, acelera, frena y engancha. El hace adentro de una cancha lo que usted no puede hacer ni en la oficina. Rompe récords, uno tras otro. Se mete en la historia y lo comparan con Maradona. Si con Diego, con el mejor jugador de todos los tiempos. Son dos extraterrestres y son argentinos. Pero usted me los critica. 

Ahora dígame ¿Que tren se toma para ir al trabajo? ¿El Mitre? ¿El Sarmiento? ¿el Roca? ¿En hora pico? Ahí, cuando en el vagón revienta de calor humano, cuénteme, ¿corean su apellido? ¿Le piden fotos? ¿Todos se le cuelgan del cuello con el celular para intentar una selfie? Ah, ¿no? ¿No pasa nada de eso? Igual no se ponga mal, era previsible. Usted es del montón, como yo. 

Bueno, le cuento, cuando Messi pone un pie en el césped de cualquier estadio del mundo, la cancha se viene abajo. ¡La gente paga para verlo! Así como usted paga la canchita el fin de semana para poder jugar con sus amigos, a él le pagan una fortuna por clavar la pelota en un ángulo, por hacer goles de otro planeta, por darle felicidad a hinchas propios y ajenos o por picarsela al arquero, como lo hizo en aquel mundial contra México, ¿se acuerda?.

Leo Messi es el jugador con más títulos en la historia del Barcelona: 10 Ligas, 4 Champions, 6 Copas del Rey, 8 Supercopas de España, 3 Supercopas de Europa y 3 Mundiales de Clubes. En 2012, con 25 años, había convertido 91 goles en la temporada.

Messi hoy es el mejor ser humano en el planeta que interpreta y ejecuta el fútbol. Hace cosas y resuelve situaciones en milésimas de segundos. Lleva vivo el potrero en él y por eso en el mundo se vuelven locos. Porque a través de Messi se dan una idea de cómo se juega en esos potreros. Lo ví a Messi hacer lo mismo que hacía Diego. Gambetear a medio equipo y hacer el gol. Ganó Champions, Ligas, Copas, Balones de Oro y cuánto premio pueda imaginar. Si, seguro me va a decir que no ganó un mundial, que con la selección no ganó nada. Déjeme decirle que también se equivoca, ganó una medalla de Oro con la Selección en las Olimpiadas de 2008. Pero bueno, seguramente.me va a decir que esa competencia no cuenta. Que lo que vale es el mundial. Yo ví por la tele como la miraba en Brasil, cómo le dolió que se le escapara. La tuvimos ahí, cerquita. Y digo "la tuvimos" porque yo soy de los que quiere que Messi gane. Le cuento, iba a ser una hazaña ganar la Copa del Mundo en tierras cariocas. Pero no se dió, el fútbol es asi. Un pibe que usted no conocía, no sabía que existía, hace un gol faltando 5 minutos para que decida la suerte y te quedas afuera de todo. Lo vi a Messi conmovido mirar esa Copa del mundo.

Ahora escúcheme. Se viene la Copa America 2019, compañero,. Así que hágame un favor: cada vez que a usted se le crucé por la cabeza putear a Messi, acuérdese de que a él le pagan una fortuna por hacer algo que usted no puede.

miércoles, 30 de enero de 2019

Letras, palabras y textos

Tac, tac, tac, tac. Sonaba en mi casa una vieja máquina de escribir, me fascinaba. No podía entender cómo era que golpeando una tecla, subía una varilla de metal que imprimía una letra en un papel que descansaba sobre el rodillo. Les juro que me daba mucha curiosidad. ¿Pero como puede ser? ¿Cómo funciona?

Durante las tardes, cuando todos dormían la siesta, agarraba la máquina de escribir y analizaba su funcionamiento. Con mucho cuidado separaba la cinta con la tinta, levantaba las varillas con letras, veía cómo si levantaba una de las varillas bajaba la correspondiente tecla, era mágico. Mecánica pura. Se me dibujaba una sonrisa cuando esto sucedía, todo un descubrimiento.

A veces intentaba levantarla y llevarla a otro lado. Era imposible, pesaba muchísimo. Más para un nene de ocho o diez años.

Cuando fui más grande, jugaba a escribir. Le pegaba fuerte a las teclas para que la letra quede bien marcada. Tac, tac, tac, tac. Me gustaba formar palabras. Cuando una letra quedaba marcada suave en el papel, volvía el rodillo hacia atrás con la tecla de retroceso y escribía nuevamente la letra sobre la ya impresa, así la tinta la marcaba mejor.

Un día mi tía Coca me vió y me preguntó: 

- ¿que haces, Luisito? - Escribo una nota. ‪Contesté.

Ella trabajaba en el Ferrocarril, pasaba gran parte de su dia rodeada de muebles de madera ferroviaria antigua y compartiendo el café con una de estas maquinas. 

- ¿queres probar? Le pregunté.

- A ver si me acuerdo... Me dijo mientras se sonrió. 

Se sentó, puso su espalda recta en la silla y empezó a teclear a una velocidad que me asombraba. Si bien no utilizaba todos los dedos, era muy rápida escribiendo. Me gustaba la velocidad y la fuerza que le imprimía a cada tecla.

Un día, el trasto desapareció. Seguramente mi mamá lo regaló o lo vendió por unos pocos pesos. Siempre fantaseo con comprar una máquina de escribir antigua para tenerla en casa. Aunque, pensándolo bien, no me serviría de mucho.

Parece mentira, pero las letras, las palabras y los textos, ya eran importantes en mi vida. Aún cuando no lo sabía.

sábado, 5 de enero de 2019

El día que casi veo a los Reyes Magos


La oportunidad era solo una, después había que esperar hasta el otro año. Siempre me pasaba lo mismo, al final me quedaba dormido. Cuando me despertaba ya estaban los regalos. Entonces tenía que esperar un año, otra vez.

Cuando era chico sentía que podía ver a los Reyes Magos. Con Papá Noel era distinto, no tenía esperanzas de verlo. Era uno solo, había mucha gente, ruidos, algún pariente que iba a sacar una bebida de la heladera, todos iban y venían, comida para acá, comida para allá, el tipo que venía a las doce. Era difícil. Alguien me puede decir que es más fácil, porque viene con un trineo lleno de Renos. Bueno, si, está bien, es verdad. Pero para mi lo dejaba estacionado por ahí y hacía el recorrido caminando. Pero con los Reyes era otra cosa, lo creía posible. Sentía que verlos dependía en gran parte de mí, solo tenía que esperarlos despierto. No había gente, éramos ellos y yo en medio de una noche silenciosa.


Ese día estaba decidido, los iba a esperar y por fin los iba a ver. Además, venían con los camellos. Yo pensaba “¿Como no voy a ver tres camellos? ¡Son enormes!” Había visto unos en el zoológico y realmente eran inmensos, aunque los del zoológico eran de una sola joroba. Me dijeron que los camellos de los Reyes Magos tenian dos jorobas y eran un poco más grandes. Más a mí favor, los tengo que ver. Se me puede escapar el negro Baltazar en la oscuridad, pensé, pero con la ropa de colores igual lo tengo que ver.
Esa noche los podía sorprender mientras me dejaban el regalo. Eran tres Reyes Magos, tres camellos, más las bolsas de regalos. Un quilombo bárbaro en el patio trasero de casa. Era "la oportunidad".

Preparé el pasto, corte mucho, lo puse en una palangana violeta de plástico que había en mí casa. No estaba seguro de usarla, porque si uno de los camellos la pisaba y la rompía, mí mamá seguro me iba a decir algo. Siempre la usaba para poner la ropa para colgar, pero me arriesgué. Los camellos siempre fueron muy cuidadosos, nunca rompieron nada. En otro balde grande con manija puse el agua. A la ofrenda le sumé mis zapatillas topper blancas, la carta y listo.

Dejé todo en el patio de atrás de casa, en el mismo lugar donde intentaba cazar pajaritos. A ellos los veía, aunque nunca agarré ni uno. Les ponía el alpiste que le robaba a mi abuelo, acomodaba una caja de cartón levantada de un costado con un palito y un hilo atado al palo. En ese lugar ahora estaba poniendo las cosas para los Reyes. Esa noche me quedé despierto, vigilando desde la ventana de la que tiraba del hilo cuando cazaba.

Mí papá se acercó y me dijo: “¿Que hacés? ¿Los querés ver? Mirá que es difícil, no te olvides que son Magos.” Lo miré y le dije que si, que me iba a quedar ahí, toda la noche en silencio hasta que vengan. Él se sonrió, me acarició la cabeza y me dijo "Bueno, yo me voy a dormir."
Apagué todas las luces y me quedé esperando. No sé cuánto tiempo pasó, pero al final me dormí. Amanecí en mí cama. Cuando me desperté, sobresaltado, salí corriendo hacia mí puesto de guardia en la ventana. Me asomé y estaban los regalos. ¡No! ¡otra vez no!
Los camellos se habían tomado el agua, habían comido el pasto y por suerte no habían roto la palangana violeta de mí mamá. Eso me daba tranquilidad.


El único problema es que iba a tener que esperar otro año. Pero, al menos, tenía tiempo para pensar mejor el plan.

viernes, 4 de enero de 2019

Prefiero no cruzarme con una Araña

¿Te lleno la pileta del lavadero? Te baño ahí ¿Querés? Me dijo mi mamá una noche de mucho calor. Debo reconocer que la idea me encantó. Yo tendría unos cinco o seis años, no lo recuerdo con exactitud. Tampoco recuerdo con exactitud si fue mi mamá o alguna de mis hermanas mayores la que me propuso el baño de inmersión. Lo que si me acuerdo es la imagen de la araña.
El recuerdo me vino anoche, después de bañarme. Salí mojado y desnudo de la ducha, agarré un toallón para secarme y salió de entre los pliegues del toallón una araña de unos tres centímetros de diámetro. Patas finitas y largas, cuerpo oscuro y bastante grande, un bicho respetable, de proporciones que requieren de cierto estado de alerta.

Desde la visión de la araña seguramente yo le representaba un peligro peor, pero la descripción del mundo la escriben los humanos, así que yo digo que la araña que salió de entre los pliegues del toallón era grande y santo remedio.

El destino del bicho fue un zapatillazo, un poco por prejuicio y otro por seguridad, mira si la muy turra me picaba, o picaba a alguno de mis hijos. Ya no fue honesta con esa actitud de esconderse en un toallón, justo antes de que yo lo use para secarme, ¿Cuál era el fin? ¿Se ocultaba por algo? ¿Que tenía que esconder?

La araña de anoche me recordó aquella de la pileta del lavadero, un piletón de cemento, de los de antes, con los bordes principales redondeados. De esos que las abuelas usaban para lavar la ropa, fregándola contra la tabla de madera. Esta pileta que les cuento era lo suficientemente amplia como para que un nene cupiera cómodo en su interior
Me pararon en un tacho amarillo dado vuelta y me sacaron toda la ropa. Primero la remera, estoy seguro que costó sacar la cabeza. Siempre cuesta sacar la cabeza de los nenes por el agujero de las remeras,  hay que hacer un poco de fuerza.  Aparentemente vienen con ese agujero más chico. Después me sacaron el shorcito y el calzoncillo.
Ya desnudo, me abrazaron, y me levantaron para meterme dentro de mi jacuzzi. Pero ahí estaba ella, para mí una tarántula. Una araña de proporciones épicas, como salida de un cuento de ciencia ficción. Era marrón muy oscuro, casi negra. Tenía las patas largas, llenas de pelitos. Estaba paradita en el agujero del desagote, quieta, expectante. Esperando a su presa, un nene desnudo por bañarse. Claramente no entrábamos ahí los dos, mi cara de espanto lo decía todo.
- "Yo ahí no entro".
Me dejaron en el piso y la mataron poniendo el tapón, quedó atrapada en el desagote. Era tan grande que las patas sobresalían de la circunferencia uno o dos centímetros.
- "Listo, ya está. Metete” Me dijeron.

"Ni loco me meto ahí” pensé yo. ¿Mirá si no se murió? Mirá si esa araña tiene superpoderes, levanta el tapón y me pica. Porque estoy seguro de que está enojada porque la atraparon. Yo no entro ni loco, metete vos si sos valiente. ¿Por qué tengo que ser yo el que comparta el espacio con ese bicho?

Entonces ahí sacaron el tapón, sacaron la araña, pusieron el tapón y empezaron a llenar el piletón nuevamente.

Asi, como se escriben las grandes hazañas, les cuento que pude salir del baño sin tanto orgullo. Porque pensandolo bien, al fin de cuentas, mi reacción fue puro prejuicio.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Por la tribuna

Solo faltan unas horas para las doce, para una navidad mas. Estuve toda la tarde esperando que vuelvas del negocio para prender el fuego para el asado de noche buena. Eso nunca sucedió, pero no me puse triste.

Me puse tu pilcha y fui yo el maestro de ceremonias en la parrilla. Era toda para mí, estaba como vos la dejaste. Sentí que todo lo que me explicaste fue suficiente, lo hice solo. Recibí aplausos y, no te pongas mal, no te necesité. Ni a vos, ni a los que se fueron. Me hice cargo del partido. Lo jugué y lo hice bien. Miré las inferiores, hay un montón de pibes que tienen un talento increíble. Pibes llenos de sueños, de sonrisas, de alegría, de ganas de jugar.

Te extrañé, pero la diez es mía y la voy a usar. Voy a jugar y voy a hacer jugar. A desparramar rivales, a tirar caños, a jugar lindo. Voy a meter algún enganche para la tribuna, para el aplauso.

El partido es mio, a veces siento que lo pierdo. Pero todavía no terminó la primera parte, recién van 38 del primer tiempo. Tengo equipo y ganas de ganarlo.

Las palabras me hicieron entender que algunas cosas no van a pasar y otras soy solo yo el responsable de que pasen.

Te mando un abrazo grande, viejo querido. Te extraño, pero soy yo el que juega ahora. Voy a tratar de leer los partidos como me enseñaste, pero la camiseta titular es mía y la voy a usar. Por la cantera, por los compañeros del equipo y por la tribuna, que estoy seguro que va a corear mí nombre, así como coreamos el tuyo.

¡Feliz navidad!

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Somos palabra

Palabras, tan simple como eso. Conocidas, indomables, fáciles, difíciles, hirientes, musicales, sofisticadas o sencillas. El texto es su refugio. 

Me gusta elegirlas, jugar, reemplazarlas, ver cómo funcionan unas con otras. La palabra escrita es mágica. Existe una relación perfecta con el tiempo. Remite cierta tranquilidad. Seguramente esa sea la razón por la cual tanto me gustan. 

La oralidad es diferente. Ciertamente pocos controlan las palabras cuando se sueltan al aire. Yo les tengo respeto, por eso las hablo despacio. La palabra hablada es más irreverente, veloz. Pocos pueden domar la oralidad, es un corcel audaz. Infinidad de veces escuchamos “disculpá, no quise decir eso”, “no se para que lo dije” o “no es lo que quise decir”. En el aire la palabra es más atolondrada. O mejor dicho,  atolondrado es quien se lanza a semejante suceso menospreciando la acción. La palabra es sagrada, hay que tratarla con cuidado, hay que dedicarle atención y, hasta me atrevo a decir, hay que mimarla. 

Ella transmite cultura, enseña, cuenta, miente o enamora, pero no pide nada a cambio. 

Por favor, cuando la vea, manéjese con cuidado. Porque, en definitiva, somos palabra.

jueves, 8 de noviembre de 2018

De viajes, de libros y mundos

Siempre pasaba lo mismo en ese tren, todas las personas estaban desconectadas entre sí. No se hablaban unos con otros, solo se conectaban con su libro. Cada uno en su mundo, atados a otros mundos lejanos. Los pasajeros solo se conectaban a través de las páginas. Estos dispositivos fomentaban lo individual.

Era habitual ver cómo, cada tanto, le arrebataban el libro a una persona. Sonaba la chicharra que indicaba el cierre de puertas y ahí ¡zas! le arrancaban el ejemplar de las manos a su dueño.

Todos veían correr por el andén al ladron con su botín, desesperado. “Seguro que lo venden por dos pesos” decía una señora muy paqueta. “Se los roban porque están distraídos, embobados y metidos en las hojas” agregaba un señor de sombrero y bigote recortado.

La policia caminaba entre los vagones alertando al pasaje sobre esta situación. Una vez ví como corrieron a uno de estos arrebatadores. Cuando consiguieron alcanzarlo, lo golpearon entre muchos para recuperar el preciado libro.

Los había de todos los tamaños y precios, con infinitas historias. Todo dispuesto para el entretenimiento.

Siempre era lo mismo, siempre igual. Los libros iluminaban las caras de los lectores, todas brillaban. Sus dedos pasaban las hojas una y otra vez. Cada cual en su mundo. Ya nadie hablaba con un desconocido, no se preguntaba una calle, todo estaba ahí, en los libros que guardaban estos tesoros.

Eso si, se respetaba una regla de oro: “Al subir al tren, tener cuidado con los arrebatadores”.

Especial Argentina Campeón del Mundo

El seleccionado argentino salió campeón del mundo luego de igualar con Francia 3-3 y ganar por 4-2 en la definición por penales. Asi pudo gr...