jueves, 24 de diciembre de 2020

Un recuerdo de Navidad

Cuando pienso en la navidad, siempre me remonto a mi infancia. Las mesas largas llenas de familiares en la casa de mis abuelos Ángela y Luis. El primer recuerdo es en aquellos años donde era un nene. Por aquellos días el espíritu de la navidad comenzaba mucho antes de lo que hoy comienza. No se centraba tanto en regalos. Si bien eran importantes las cartas para el viejo Papá Noel y los regalos, mis abuelos hacían que el momento de esperanza y de unión en la familia sea más importante.

La casa de mis abuelos quedaba frente a mi casa sobre la calle Mendiondo, en diagonal. Para mi eso era una gran noticia, significaba que veía muy seguido a mis abuelos. Ni bien terminaba el colegio, mi abuela comenzaba con los preparativos de la navidad. Que la comida, que los postres, que nunca faltaba una silla para el que quería compartir esa noche. Mis abuelos eran la navidad, escribiendo este texto me doy cuenta que ellos hacían que esa noche sea diferente. Ahora que lo pienso bien, mis navidades me recuerdan a mis abuelos Luis y Ángela. Dos españoles que no tenían ese acento característicos porque vinieron de muy chicos, escapando del hambre de Europa. Esa puede ser una de las razones por la cual en las mesas navideñas la comida nunca faltaba.

Me acuerdo de mi abuela Ángela, una mujer de baja estatura, de caderas anchas, rulos blancos y la cara arrugada de recuerdos. Usaba unos vestidos de colores y entramados, vestidos de abuela. La conocíamos como la abuela Angela, pero su nombre era Ángeles Parriego. En cambio mi abuelo Luis era muy flaco y de anteojos. De él heredé mi nombre y calculo que algo de bondad. Los dos tenían un corazón enorme.

Al ser yo solo un nene, en relación al tamaño de mi cuerpo, la mesa me parecía interminable, extremadamente larga y llena de comida. Compartíamos la noche con mi tía Negra, mis primas Adriana y Cristina, mi tía Coca, Jorge, seguramente mi primo Gastón - aunque no lo recuerdo con claridad - mis papás, mis hermanos y yo.

La noche se volvía mágica a medida que se acercaban las doce. Los gritos, corridas para despistar, regalos que aparecían en el árbol, un Papá Noel que nos saludaba a lo lejos, los abrazos interminables, los te quiero entre la familia. La navidad tenía eso de poner la cuenta en cero. Si algo malo había pasado durante el año, un abrazo de navidad en la casa de mis abuelos se encargaba de solucionarlo entre lágrimas y perdones.

Algo que me llamaba la atención era que nunca juntaban la mesa al terminar de brindar. Luego de los festejos, de los regalos, de los abrazos, todos se iban y la mesa no se ordenaba. Quedaba así, como estaba. Con pan dulce, sidra, turrones y mantecol. una vez pregunté por qué no recogían la mesa y me respondieron que “lo dejaban así para los antepasados, para los muertos de la familia, para los que ya no están. Ese era el momento que nuestros ancestros venían a compartir con nosotros”. No le dí mucha importancia al comentario, pero que raro que los muertos vuelvan - pensé. Por las dudas no pensaba en eso, pero si eran familia no me iban a lastimar. En fin, no pensaba mucho en las consecuencias. Dejaba la mesa como estaba y me iba a jugar.

Que lindas eran esas épocas cuando la Navidad comenzaba antes, creo que había más tiempo para disfrutar. Desde los primeros días de Diciembre en mi casa no se hablaba casi de otra cosa. Hasta el sol brillaba distinto sobre Luis Guillón, hoy me da la sensación que hasta el sol anda apurado. Me pregunto ¿Qué cambio? ¿Por qué nos falta tiempo para vivir la navidad? ¿Por qué nos falta tiempo? Si el reencontrarnos con los nuestros es lo más lindo. Si lo mejor que podemos tener es la esperanza de que todo va a mejorar.


   Creo que la respuesta está al inicio de esta historia, nosotros mismos somos los que hacemos la navidad. Somos los que tenemos que hacernos el tiempo para la familia, los amigos, nosotros somos los actores principales de la navidad. Nosotros somos los que tenemos que darle sentido a la familia, incluida la Navidad.

martes, 9 de abril de 2019

Relato de una muerte

Me cambié, elegí la ropa con cuidado. Me puse una remera negra y un jean. Mientras me preparaba, pensaba en el momento que vendría. Fui solo, mi esposa y mis hijos estaban de viaje. Salí de casa, caminé hasta la parada y tomé el colectivo. Llegué volando, cómo pude, el viaje se me hizo corto. No tuve tiempo para nada. Ni bien me avisaron salí para el lugar. Estaba lleno de gente conocida, de amigos, de familiares cercanos, de parientes. En la puerta unas veinte o treinta personas. Adentro, otro tanto. Sus caras reflejaban tristeza y dolor. No sé por qué, pero sentí que tenía que estar ahí.

En la puerta lo vi a Andrés, solo, separado del resto. Manos en los bolsillos, fumando, con los ojos vidriosos, mirando el cielo cada tanto, largando una puteada al aire y preguntándose por qué. Hacía mucho que no fumaba, lo había dejado después de un susto en la madrugada del 2003. Me acerqué despacio, lo saludé y él sacudió la cabeza. No me contestó, entendí su dolor. Lo dejé solo y me alejé.

Apoyados contra la pared ví muchos conocidos, los saludé a lo lejos levantando la mano. Me di cuenta de que estaban ahí por compromiso. Cada vez que alguien se acercaba sus caras se acomodan a la situación. “Lo siento”, decian. Pero al instante siguiente seguían hablando y riendo como si estuvieran en la mesa de un bar. Me pregunto ¿que los lleva a estar ahí? Imagino que serían más felices sentados realmente en la mesa del bar, hablando del pase de Centurión o del gol en offside que hizo el 9 de Banfield. Los dejé con la mirada y seguí.

Cerca de la puerta del lugar vi a mi hermano, ido, llorando, con la mirada perdida. Había llorado mucho, me di cuenta. Su nariz estaba colorada, sus ojos hinchados. Estaba con el cansancio propio de quién llora toda la noche. Me acerqué y le pregunté qué pasaba, me intrigaba saber quién murió. Era un familiar, de eso estaba seguro, pero aún no sabía quién era. Mi hermano me miró con cara de sorpresa pero no conectamos. Miró como quien mira a la nada. Agachó la cabeza, se tomó el tabique con dos dedos a la altura de los ojos cerrados mientras tomó aire. Apoyé mi mano en su espalda para contenerlo, para que me sienta cerca. Decidí dejarlo solo, a veces es mejor ¿Qué se dice en esos momentos? Hay un manual de frases emotivas que pueden funcionar, pero opté por el silencio.

Se acercó alguien que no conozco y me preguntó:
- ¿Sabes qué pasó?
- Si murió alguien. No sé quién es, me llamaron y vine. Me dijeron que era alguien querido, de la familia.
-Si, seguro. Es alguien querido. Si no no se explica toda la gente que vino a despedirlo. ¿cómo te sentís? – preguntó el desconocido.
- Yo bien, - contesté con amabilidad - hay muchas personas que conozco y quiero. Me intriga saber qué pasó. Pero por alguna razón no me animo a entrar.
- Se nota que era una buena persona. Vení, vamos adentro.
- ¿Usted quién es?
- Mirá, en ocasiones todo lo que podemos hacer, lo hacemos. Pero a veces las cosas no están a nuestro alcance. Pasan y punto. No hay un porque.
- ¿Qué me quiere decir? No entiendo.
- No importa. Vamos, entremos.

La persona se metió en el lugar y lo seguí con extrema sorpresa. Él me resultaba familiar, pero no lograba reconocerlo. Era como mi papá, pero mucho mas viejo. Aunque no podía ser, mi papá había muerto hace tiempo. Seguramente era uno de esos parientes que viven en Cañuelas, pensé. De esos que no vemos seguido.

Caminamos juntos, entramos al lugar. El olor de las coronas se percibía muy fuerte. Siempre creí que es una tradición estúpida, nefasta. ¡¿A quien se le ocurre hacer ese tipo de arreglos florales para despedir a un muerto?! Además, hay muchas, es innecesario. La entrada estaba atestada de estas coronas. Todas con inscripciones que me tocaban de cerca; me movilizaban, me angustiaban. El olor era muy particular, las flores en su estado natural no tienen ese olor, es como si esas flores se amalgamaran con la situación y con el lugar, tenían olor a muerto. Todo en estos lugares tiene olor a muerto. Mi mañana a esa altura se tornaba al menos angustiante.

Caminamos por un pasillo largo y frío entre sollozos y suspiros. A medida que nos internábamos en el interior con mi maestro de ceremonias, veía que los rostros de las personas se volvían solemnes, dejaban ver el dolor y el respeto hacia el muerto.

Apoyada sobre una de las paredes cercanas a la cocina, ví una señora que me sonaba familiar, debia tener unos 90 años, quizá más. La creía muerta, se ve que me equivoqué. Su cara era muy arrugada, sus rulos color ceniza y su cabello corto. Era de estatura muy baja, con caderas de abuela.  Estaba vestida toda de negro y llevaba puesta una capelina del mismo color. Se la veía muy compungida. Me buscó con la mirada, apretó sus labios e hizo un gesto con su cabeza, sacudiéndola suavemente hacia los lados.

Mientras seguimos nuestra marcha, nos invadió el olor a café. Me gustaría estar en un bar, y sentir este mismo aroma acompañado de pan recién tostado. Prefería estar en el bar hablando del gol del 9 de Banfield con los de la puerta. Pero no, estaba en ese pasillo y el café no lograba imponerse a la muerte. Se mezclaba con el frío del mármol y el olor a claveles.

Caminamos lento, como en procesión hasta el final del pasillo. Todos se preguntaban qué pasó, como fue, por qué tan rápido. Cada uno daba su parecer sobre la muerte del desdichado.

Finalmente, llegamos a la última sala. Me detuve en la puerta. Adentro se escuchaban llantos, se sentía el dolor de un grupo de señoras mientras rezaban un rosario. Repetían el Ave María una y otra vez. La oración era un mantra que intentaba calmar el dolor del muerto, o el de los presentes, aún no lo sé. Me asomé y ví que el rito católico seguía con un cajón de cedro, finamente terminado, que depositaría al muerto en un descanso eterno. Sobre un costado, apoyada en la pared, esperaba la tapa de madera con un cristo crucificado y una placa que rezaba el nombre del protagonista, no llegué a leer el nombre con claridad. Detrás del cajón, unas luces tenues que simulaban ser velas. Todo era muy tétrico, una imagen horrible. Mi desconocido apoyó su mano en mi espalda y me dió ánimo para que termine de entrar, para que diera los últimos pasos.

Vi una madre de espaldas, sentada en una silla, recostada sobre el cajón. Estaba llorando con el peor dolor del mundo, acariciando la mano del muerto, era dolor de madre. Se notaba que hacía mucho tiempo que estaba en ese lugar y en esa posición. No me animaba a mirar quién estaba dentro del cajón.

Me acerqué a esa madre sin mirar el féretro. Me sorprendí cuando lo descubrí, se me cayó el mundo, era mi madre. La abracé fuerte y lloré con ella, le pregunté qué pasaba. Lloraba desconsolada.  Le volví a preguntar qué pasaba, levantó la mirada pero no me contestó. Sentí su dolor. Fue en ese momento cuando una extraña sensación me invadió. Ví las lágrimas caer por su rostro una y otra vez. La oración a Maria retumbaba en el aire y en el frio del mármol de las paredes. No me gustaban esos lugares, nunca iba. Era una imagen muy fuerte que prefería evitar.

Tomé valor y miré el féretro. Ahí estaba, tieso, con los dedos entrecruzados sobre su pecho, cubierto con una mortaja y volados blancos. Con la boca pegada para llevar los secretos a la tumba.

Mi anfitrión se acercó, palmeó mi espalda y me dijo: “ya es hora”. Con el rostro desencajado comencé a despedirme del lugar.

viernes, 5 de abril de 2019

¿Cómo lo van a criticar a Messi?

Me duele cuando lo critican a Messi. 
¿Cómo van a criticar a alguien que fue partícipe de la hazaña de jugar tres finales? 

Estimado lector, si usted es de esos, estamos en veredas opuestas y le voy a decir porqué. 

Usted lo critica porque él hace lo que usted siempre quiso y no le sale, no puede.

Discúlpeme por ser tan crudo en el relato. Pero ni siquiera usted es un Messi en la oficina, o en el bar o en dónde quiera que trabaje. ¿O acaso usted me va a decir que es el rey del excel? ¿Está seguro de que sus compañeros corean su nombre en los almuerzos? Déjeme darle una respuesta acertada, no. Nadie le festeja nada. 

Sepa que a Messi si le festejan su sola presencia cuando entra a un estadio con 60 mil o 70 mil personas y entonces él saca a bailar a la pelotita. La lleva para acá, la lleva para allá, la esconde, la muestra, acelera, frena y engancha. El hace adentro de una cancha lo que usted no puede hacer ni en la oficina. Rompe récords, uno tras otro. Se mete en la historia y lo comparan con Maradona. Si con Diego, con el mejor jugador de todos los tiempos. Son dos extraterrestres y son argentinos. Pero usted me los critica. 

Ahora dígame ¿Que tren se toma para ir al trabajo? ¿El Mitre? ¿El Sarmiento? ¿el Roca? ¿En hora pico? Ahí, cuando en el vagón revienta de calor humano, cuénteme, ¿corean su apellido? ¿Le piden fotos? ¿Todos se le cuelgan del cuello con el celular para intentar una selfie? Ah, ¿no? ¿No pasa nada de eso? Igual no se ponga mal, era previsible. Usted es del montón, como yo. 

Bueno, le cuento, cuando Messi pone un pie en el césped de cualquier estadio del mundo, la cancha se viene abajo. ¡La gente paga para verlo! Así como usted paga la canchita el fin de semana para poder jugar con sus amigos, a él le pagan una fortuna por clavar la pelota en un ángulo, por hacer goles de otro planeta, por darle felicidad a hinchas propios y ajenos o por picarsela al arquero, como lo hizo en aquel mundial contra México, ¿se acuerda?.

Leo Messi es el jugador con más títulos en la historia del Barcelona: 10 Ligas, 4 Champions, 6 Copas del Rey, 8 Supercopas de España, 3 Supercopas de Europa y 3 Mundiales de Clubes. En 2012, con 25 años, había convertido 91 goles en la temporada.

Messi hoy es el mejor ser humano en el planeta que interpreta y ejecuta el fútbol. Hace cosas y resuelve situaciones en milésimas de segundos. Lleva vivo el potrero en él y por eso en el mundo se vuelven locos. Porque a través de Messi se dan una idea de cómo se juega en esos potreros. Lo ví a Messi hacer lo mismo que hacía Diego. Gambetear a medio equipo y hacer el gol. Ganó Champions, Ligas, Copas, Balones de Oro y cuánto premio pueda imaginar. Si, seguro me va a decir que no ganó un mundial, que con la selección no ganó nada. Déjeme decirle que también se equivoca, ganó una medalla de Oro con la Selección en las Olimpiadas de 2008. Pero bueno, seguramente.me va a decir que esa competencia no cuenta. Que lo que vale es el mundial. Yo ví por la tele como la miraba en Brasil, cómo le dolió que se le escapara. La tuvimos ahí, cerquita. Y digo "la tuvimos" porque yo soy de los que quiere que Messi gane. Le cuento, iba a ser una hazaña ganar la Copa del Mundo en tierras cariocas. Pero no se dió, el fútbol es asi. Un pibe que usted no conocía, no sabía que existía, hace un gol faltando 5 minutos para que decida la suerte y te quedas afuera de todo. Lo vi a Messi conmovido mirar esa Copa del mundo.

Ahora escúcheme. Se viene la Copa America 2019, compañero,. Así que hágame un favor: cada vez que a usted se le crucé por la cabeza putear a Messi, acuérdese de que a él le pagan una fortuna por hacer algo que usted no puede.

miércoles, 30 de enero de 2019

Letras, palabras y textos

Tac, tac, tac, tac. Sonaba en mi casa una vieja máquina de escribir, me fascinaba. No podía entender cómo era que golpeando una tecla, subía una varilla de metal que imprimía una letra en un papel que descansaba sobre el rodillo. Les juro que me daba mucha curiosidad. ¿Pero como puede ser? ¿Cómo funciona?

Durante las tardes, cuando todos dormían la siesta, agarraba la máquina de escribir y analizaba su funcionamiento. Con mucho cuidado separaba la cinta con la tinta, levantaba las varillas con letras, veía cómo si levantaba una de las varillas bajaba la correspondiente tecla, era mágico. Mecánica pura. Se me dibujaba una sonrisa cuando esto sucedía, todo un descubrimiento.

A veces intentaba levantarla y llevarla a otro lado. Era imposible, pesaba muchísimo. Más para un nene de ocho o diez años.

Cuando fui más grande, jugaba a escribir. Le pegaba fuerte a las teclas para que la letra quede bien marcada. Tac, tac, tac, tac. Me gustaba formar palabras. Cuando una letra quedaba marcada suave en el papel, volvía el rodillo hacia atrás con la tecla de retroceso y escribía nuevamente la letra sobre la ya impresa, así la tinta la marcaba mejor.

Un día mi tía Coca me vió y me preguntó: 

- ¿que haces, Luisito? - Escribo una nota. ‪Contesté.

Ella trabajaba en el Ferrocarril, pasaba gran parte de su dia rodeada de muebles de madera ferroviaria antigua y compartiendo el café con una de estas maquinas. 

- ¿queres probar? Le pregunté.

- A ver si me acuerdo... Me dijo mientras se sonrió. 

Se sentó, puso su espalda recta en la silla y empezó a teclear a una velocidad que me asombraba. Si bien no utilizaba todos los dedos, era muy rápida escribiendo. Me gustaba la velocidad y la fuerza que le imprimía a cada tecla.

Un día, el trasto desapareció. Seguramente mi mamá lo regaló o lo vendió por unos pocos pesos. Siempre fantaseo con comprar una máquina de escribir antigua para tenerla en casa. Aunque, pensándolo bien, no me serviría de mucho.

Parece mentira, pero las letras, las palabras y los textos, ya eran importantes en mi vida. Aún cuando no lo sabía.

sábado, 5 de enero de 2019

El día que casi veo a los Reyes Magos


La oportunidad era solo una, después había que esperar hasta el otro año. Siempre me pasaba lo mismo, al final me quedaba dormido. Cuando me despertaba ya estaban los regalos. Entonces tenía que esperar un año, otra vez.

Cuando era chico sentía que podía ver a los Reyes Magos. Con Papá Noel era distinto, no tenía esperanzas de verlo. Era uno solo, había mucha gente, ruidos, algún pariente que iba a sacar una bebida de la heladera, todos iban y venían, comida para acá, comida para allá, el tipo que venía a las doce. Era difícil. Alguien me puede decir que es más fácil, porque viene con un trineo lleno de Renos. Bueno, si, está bien, es verdad. Pero para mi lo dejaba estacionado por ahí y hacía el recorrido caminando. Pero con los Reyes era otra cosa, lo creía posible. Sentía que verlos dependía en gran parte de mí, solo tenía que esperarlos despierto. No había gente, éramos ellos y yo en medio de una noche silenciosa.


Ese día estaba decidido, los iba a esperar y por fin los iba a ver. Además, venían con los camellos. Yo pensaba “¿Como no voy a ver tres camellos? ¡Son enormes!” Había visto unos en el zoológico y realmente eran inmensos, aunque los del zoológico eran de una sola joroba. Me dijeron que los camellos de los Reyes Magos tenian dos jorobas y eran un poco más grandes. Más a mí favor, los tengo que ver. Se me puede escapar el negro Baltazar en la oscuridad, pensé, pero con la ropa de colores igual lo tengo que ver.
Esa noche los podía sorprender mientras me dejaban el regalo. Eran tres Reyes Magos, tres camellos, más las bolsas de regalos. Un quilombo bárbaro en el patio trasero de casa. Era "la oportunidad".

Preparé el pasto, corte mucho, lo puse en una palangana violeta de plástico que había en mí casa. No estaba seguro de usarla, porque si uno de los camellos la pisaba y la rompía, mí mamá seguro me iba a decir algo. Siempre la usaba para poner la ropa para colgar, pero me arriesgué. Los camellos siempre fueron muy cuidadosos, nunca rompieron nada. En otro balde grande con manija puse el agua. A la ofrenda le sumé mis zapatillas topper blancas, la carta y listo.

Dejé todo en el patio de atrás de casa, en el mismo lugar donde intentaba cazar pajaritos. A ellos los veía, aunque nunca agarré ni uno. Les ponía el alpiste que le robaba a mi abuelo, acomodaba una caja de cartón levantada de un costado con un palito y un hilo atado al palo. En ese lugar ahora estaba poniendo las cosas para los Reyes. Esa noche me quedé despierto, vigilando desde la ventana de la que tiraba del hilo cuando cazaba.

Mí papá se acercó y me dijo: “¿Que hacés? ¿Los querés ver? Mirá que es difícil, no te olvides que son Magos.” Lo miré y le dije que si, que me iba a quedar ahí, toda la noche en silencio hasta que vengan. Él se sonrió, me acarició la cabeza y me dijo "Bueno, yo me voy a dormir."
Apagué todas las luces y me quedé esperando. No sé cuánto tiempo pasó, pero al final me dormí. Amanecí en mí cama. Cuando me desperté, sobresaltado, salí corriendo hacia mí puesto de guardia en la ventana. Me asomé y estaban los regalos. ¡No! ¡otra vez no!
Los camellos se habían tomado el agua, habían comido el pasto y por suerte no habían roto la palangana violeta de mí mamá. Eso me daba tranquilidad.


El único problema es que iba a tener que esperar otro año. Pero, al menos, tenía tiempo para pensar mejor el plan.

viernes, 4 de enero de 2019

Prefiero no cruzarme con una Araña

¿Te lleno la pileta del lavadero? Te baño ahí ¿Querés? Me dijo mi mamá una noche de mucho calor. Debo reconocer que la idea me encantó. Yo tendría unos cinco o seis años, no lo recuerdo con exactitud. Tampoco recuerdo con exactitud si fue mi mamá o alguna de mis hermanas mayores la que me propuso el baño de inmersión. Lo que si me acuerdo es la imagen de la araña.
El recuerdo me vino anoche, después de bañarme. Salí mojado y desnudo de la ducha, agarré un toallón para secarme y salió de entre los pliegues del toallón una araña de unos tres centímetros de diámetro. Patas finitas y largas, cuerpo oscuro y bastante grande, un bicho respetable, de proporciones que requieren de cierto estado de alerta.

Desde la visión de la araña seguramente yo le representaba un peligro peor, pero la descripción del mundo la escriben los humanos, así que yo digo que la araña que salió de entre los pliegues del toallón era grande y santo remedio.

El destino del bicho fue un zapatillazo, un poco por prejuicio y otro por seguridad, mira si la muy turra me picaba, o picaba a alguno de mis hijos. Ya no fue honesta con esa actitud de esconderse en un toallón, justo antes de que yo lo use para secarme, ¿Cuál era el fin? ¿Se ocultaba por algo? ¿Que tenía que esconder?

La araña de anoche me recordó aquella de la pileta del lavadero, un piletón de cemento, de los de antes, con los bordes principales redondeados. De esos que las abuelas usaban para lavar la ropa, fregándola contra la tabla de madera. Esta pileta que les cuento era lo suficientemente amplia como para que un nene cupiera cómodo en su interior
Me pararon en un tacho amarillo dado vuelta y me sacaron toda la ropa. Primero la remera, estoy seguro que costó sacar la cabeza. Siempre cuesta sacar la cabeza de los nenes por el agujero de las remeras,  hay que hacer un poco de fuerza.  Aparentemente vienen con ese agujero más chico. Después me sacaron el shorcito y el calzoncillo.
Ya desnudo, me abrazaron, y me levantaron para meterme dentro de mi jacuzzi. Pero ahí estaba ella, para mí una tarántula. Una araña de proporciones épicas, como salida de un cuento de ciencia ficción. Era marrón muy oscuro, casi negra. Tenía las patas largas, llenas de pelitos. Estaba paradita en el agujero del desagote, quieta, expectante. Esperando a su presa, un nene desnudo por bañarse. Claramente no entrábamos ahí los dos, mi cara de espanto lo decía todo.
- "Yo ahí no entro".
Me dejaron en el piso y la mataron poniendo el tapón, quedó atrapada en el desagote. Era tan grande que las patas sobresalían de la circunferencia uno o dos centímetros.
- "Listo, ya está. Metete” Me dijeron.

"Ni loco me meto ahí” pensé yo. ¿Mirá si no se murió? Mirá si esa araña tiene superpoderes, levanta el tapón y me pica. Porque estoy seguro de que está enojada porque la atraparon. Yo no entro ni loco, metete vos si sos valiente. ¿Por qué tengo que ser yo el que comparta el espacio con ese bicho?

Entonces ahí sacaron el tapón, sacaron la araña, pusieron el tapón y empezaron a llenar el piletón nuevamente.

Asi, como se escriben las grandes hazañas, les cuento que pude salir del baño sin tanto orgullo. Porque pensandolo bien, al fin de cuentas, mi reacción fue puro prejuicio.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Por la tribuna

Solo faltan unas horas para las doce, para una navidad mas. Estuve toda la tarde esperando que vuelvas del negocio para prender el fuego para el asado de noche buena. Eso nunca sucedió, pero no me puse triste.

Me puse tu pilcha y fui yo el maestro de ceremonias en la parrilla. Era toda para mí, estaba como vos la dejaste. Sentí que todo lo que me explicaste fue suficiente, lo hice solo. Recibí aplausos y, no te pongas mal, no te necesité. Ni a vos, ni a los que se fueron. Me hice cargo del partido. Lo jugué y lo hice bien. Miré las inferiores, hay un montón de pibes que tienen un talento increíble. Pibes llenos de sueños, de sonrisas, de alegría, de ganas de jugar.

Te extrañé, pero la diez es mía y la voy a usar. Voy a jugar y voy a hacer jugar. A desparramar rivales, a tirar caños, a jugar lindo. Voy a meter algún enganche para la tribuna, para el aplauso.

El partido es mio, a veces siento que lo pierdo. Pero todavía no terminó la primera parte, recién van 38 del primer tiempo. Tengo equipo y ganas de ganarlo.

Las palabras me hicieron entender que algunas cosas no van a pasar y otras soy solo yo el responsable de que pasen.

Te mando un abrazo grande, viejo querido. Te extraño, pero soy yo el que juega ahora. Voy a tratar de leer los partidos como me enseñaste, pero la camiseta titular es mía y la voy a usar. Por la cantera, por los compañeros del equipo y por la tribuna, que estoy seguro que va a corear mí nombre, así como coreamos el tuyo.

¡Feliz navidad!

Especial Argentina Campeón del Mundo

El seleccionado argentino salió campeón del mundo luego de igualar con Francia 3-3 y ganar por 4-2 en la definición por penales. Asi pudo gr...